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Homenaje a Agustín "El Gringo" Tosco FeTERA Especial Nº 332, 5 noviembre 07
Homenaje a un Grande de la Historia de los Trabajadores Argentinos "Agustín Tosco", a 32 años de su muerte. FeTERA agradece al compañero José Luis Ranconi, de Comodoro Rivadavia, la gentileza de enviarnos un cuento realizado por Juan Carlos Cena “el ferroviario”, sobre un hecho real en la vida del Gringo Tosco. Así también extiende su agradecimiento a Miguel Angel de Boer, Ricardo Castro y Juan Carlos Cena.
El represor, desencajado, grita, gesticula y no entiende.
Desde entonces, un silencio recorre la ciudad, las sierras, el norte hosco y el sur, tras las sierras y así todo el territorio. Es la presa más buscada por las babas represivas. No hay pausas, a todo tiempo, en cualquier lugar, requisas, allanamientos, se sigue a la gente, los amigos, la familia, si compra de más o de menos en el almacén, vigilado el barrio, el sindicato, los centros vecinales, toda la jauría suelta, babeante. El Gringo continúa comunicándose con sus compañeros, visitándolos, a veces, en sus lugares de trabajo y otras, dando conferencias de prensa. Aparece y, de repente, luz. Su salud es delicada, pero debe viajar a Buenos Aires. Partidos y organizaciones políticas -en especial el PRT, en nombre de otras agrupaciones guerrilleras ofrecen una tregua, le solicitan que sea prenda de unidad entre todos los que oponen al golpe de estado en gestación. Él es el único escuchado y respetado por todos, ferviente defensor de la unidad. Decide viajar. No hay consejo que lo detenga, ni la sola insinuación de su estado de salud: cuando se lo mencionan se cabrea de lo lindo. Raúl Lacabanne, el interventor de Córdoba, impuesto por el gobierno central, presiona en forma permanente a la policía reclamando su captura. El gobierno sabe que la salud del Gringo es delicada, aunque no grave. Como medida precautoria, vigilan farmacias, laboratorios, requisan ambulancias, el control no decae.
Un tipo, ante la pregunta de uno cualquiera ’¿dónde estará el gringo Tosco?’, contesta: "Invisible, ¿dónde va a estar?". Sí, es así no más la cosa, dicen: "porque si el pueblo quiere, te hace invisible". Desde entonces, se ve a la gente más tranquila, están alegres, ven pasar una hebra seca de amor seco montada en una brisa y joden con que ahí va el Gringo, la soplan y soplan para que remonte y se eleve más alto, se matan de risa entre resoplido y resoplido.
Es el día elegido por los conspirados, la imaginación colectiva en acción. Todo se ha gestado en silencio. Es un silencio con sonido propio, acorazado, lleno de luz y aromas, fuerza y riel. Tosco está ya en la ciudad, concreto e inmaterial a la vez. El reloj marca las 21,50. En eso, todo se oscurece. Un apagón imprevisto, ¡qué contrariedad! Los gritos, las exclamaciones, el quejido por el miedo a las tinieblas, y la inmovilidad que genera. La estación de tren, la terminal de ómnibus, las calles, los semáforos, todo es cerrazón. Todo está quieto. Sólo dos pequeñas linternas alumbran los escalones de entrada a la estación, como dos diminutas luciérnagas iluminan los pasos del Gringo Tosco. Dos compañeros van a su lado, como vaqueanos y custodia. Él se deja orientar, son de su absoluta confianza. Entran al andén. Dos compañeros se arriman y señalan el coche dormitorio correspondiente. En las escalerillas el camarero se hace cargo y los conduce hasta el camarote designado, quedan dos junto al Gringo, se cierra la puerta. Bajan, esconden las linternas, vuelve la luz y la exclamación de la gente y los pestañeos de acostumbramiento. El auxiliar de la Estación del Ferrocarril Mitre hace sonar las primeras campanadas, las de las 2l,55. Las que anuncian que dentro de cinco minutos el tren parte. Todo es ajetreo, cinco minutos de apagón retrasaron los quehaceres. El reloj marca las 22 horas. Algunas miradas controlan especialmente la rotación de las manecillas. Fueron los cinco minutos más largos de todos los tiempos. Las últimas campanadas anuncian la partida. El guardatren da salida al Rayo de Sol: pito y bandera verde. Comienza a estirarse la formación de coches, se mueve y se va lentamente, llena de rechinamientos y chirridos de ruedas y riel, y la exhalación de aire excedente de los frenos, todo se mezcla entre las voces y los gritos. Unos agitan saludos, otros agitan silencios, el pecho que revienta, el aire que no alcanza, el convoy se va, se empequeñece pesadamente guardando un secreto, el farol rojo titilante del último coche señala la lejanía. Los conspirados del andén se disuelven entre la gente. Uno de ellos sube a los altos de la estación, a la oficina de Control Trenes, empuña el manipulador y transmite en morse y en clave que el tren de la conspiración ya partió con esa carga tan preciada. Estación Ferreyra, la locomotora acelera y el traqueteo de los rieles se hace música en los oídos de los pasajeros conspirados. Villa María, se detiene el tren, es parada por diagrama. No hay requisa. Se van apagando las luces de los coches, la formación se hace borrosa, y un misterio particular la envuelve. El Gringo reposa, dormita, a veces sueña y recuerda lentamente los rostros de los compañeros, las asambleas al aire libre, las discusiones con los estudiantes, las agarradas con Alberti, las opiniones del Flaco Canelles, las conversaciones con Solari Irigoyen, la solidaridad del doctor Illia, la polémica franca con Santucho, la ternura hacía Atilio López; la familia, ¡ah!, la familia: los hijos, las cartas escritas desde la cárcel a Malvina y al Agustín, cuánto amor le ponía a cada palabra; los vecinos, tanto tiempo sin verlos; Trelew, Villa Devoto, la escuela de Artes y Oficios, las herramientas y el trabajo, piensa cómo le gustaría sentir la sensación de la lima y también enseñar... Se duerme y despierta al rato sobresaltado..., piensa en los riesgos que corren los compañeros que lo acompañan... Siempre pensando en los otros con ternura, y la ternura que no cesa, así lo agoten los primeros dolores.
Pero él sigue pensando en la nueva tarea, no deja de pensar. Todos dormitando. Ha pasado un tiempo prolongado. El Gringo entra en un largo sueño, y se aquieta. Se escucha el entrecruces de vías, el tren aminora la marcha, más entrecruces de vías y el tren que se detiene. Dos golpes de contraseña. El camarero les anuncia:
Recién ahí, en ese momento, se dan cuenta de que están fuera del territorio cordobés, que las babas del represor no los salpicará. El aire húmedo que viene del río les refresca el alma, un mareo emocional los desequilibra un instante. Comienzan las maniobras del cambio de locomotora y el relevo del personal de conducción. Son otros conspirados que deben resolver algo con el camarero y con los que viajan con el Gringo, en la punta del andén, fuera del alcance de las luces y de las miradas.
Otra vez el ruido de los entrecruces. De Rosario a Retiro sin paradas, piensan los compañeros emocionados, casi sollozando, mientras auscultan la frente al Gringo. La pareja de maquinistas que tomaron las posta en Rosario nunca condujeron un tren tan silenciosos: emoción del último tramo, responsabilidad de transportar una carga tan preciada. Qué honor. Temprano, dos golpes convenidos anuncian al camarero que les alcanza agua caliente, para el mate o té, bizcochos. Va clareando despacio, Tosco ha dormido sobresaltado, pero no bien despierta, pregunta:
Pequeño diálogo, luego un silencio emocionado los penetra. Los ojos de Tosco toman otro brillo. Sonríe, mirándose el empilche ideado para despistar. Otra vez dos golpes a la puerta.
Arranca despacio, se va deslizando y la mirada de los conspirados que quedan en el andén, se posan sobre sus formas como si fuera una caricia de agradecimiento que recorre hasta el último coche, que aún porta el encendido farol rojo titilante, como si fuera un guiño cómplice, el de la conspiración de los iguales. IIComo a los tres meses el Gringo regresa a Córdoba. Habla y habla hasta el agotamiento con todos, todos dicen que sí, pero nadie concreta la unidad. El golpe militar viene marchando, afinando los aprontes; se suman a ello, el hastío de la gente por Lastiri, López Rega y la Isabelita. La salud de Tosco se deteriora en forma acelerada. De nuevo los conspirados, pero esta vez sólo los compañeros de Luz y Fuerza, y otro cumpa de confianza. De nuevo:
Tosco quiere que lo siga atendiendo su médico de cabecera, así tengan que trasladarlo. Aparecen ofrecimientos de partidos políticos, organizaciones guerrilleras, personalidades independientes ofertando todo para cuidarlo. De nuevo rumbo a Buenos Aires, se busca otra vía: una ambulancia. El Gringo se ha dejado crecer la barba, su delgadez, y otros arreglos cambiaron su fisonomía, es otro. Parten al fin, junto a su médico y otro compañero que han estado siempre junto a él. Dos requisas en la ruta. Las dos se fijan en el enfermo sin prestarle mucha atención. Otra vez se les escapa el Gringo a los represores del interventor Lacabanne. La ira lo penetra hasta los tuétanos, y García Rey que comienza a pensar en eso de la invisibilidad consulta al Pai López Rega. Una risa en falsete es la respuesta. Tosco es internado, lo someten a todo tipo de tratamientos y consultas. Se recupera despacio. Delgado y débil, Agustín comienza a ensayar algunas caminatas en la misma pieza y a mantener conversaciones con los médicos. Al tiempo vuelve a agravarse, cayó nuevamente en un sopor y el cuadro se transformó en irreversible. Muere el 5 de noviembre de l975. Después es trasladado a Córdoba, vía Rosario. La perrada de nuevo no lo puede ni olfatear. Los compañeros y el pueblo lo siguen manteniendo invisible. Lo velan en el Club Redes Cordobesas, en el barrio General Paz. Mucha gente muestra allí su desconsuelo. No lo pueden creer. Él, que ha sido invisible al represor, no ha podido con la muerte, ella lo ha materializado. Una lluvia torrencial y granizo cae sobre la ciudad, es la tarde del 7 de noviembre. Cuando la lluvia cesa, parte el cortejo fúnebre rumbo al cementerio San Jerónimo. Una multitud nunca vista se desplaza rodeada de un fuerte control policial. Temen que el Gringo se les escape y que sólo estén portando el féretro vacío. El cementerio del barrio de Alto Alberdi es de calles irregulares, con bajadas y subidas, al entrar a los límites del campo santo la plaza forma una cuenca llena de puestos de flores, árboles y una explanada para los coches. Todo ese espacio va colmándose de gente que llega, como afluentes tributarios. Algunos cantando consignas, otros callados llenos de tristeza. Los conspirados, sus amigos más cercanos, el que limpiaba, ordenaba y guardaba las herramientas y los obreros del taller de Villa Revol llevan a pulso el cuerpo inerme del Gringo. Callan las floristas ese cantar permanente de la oferta. Se arriman y lo van cubriendo de flores. Cuánta gente, cuánta gente del pueblo, trabajadores de otros gremios se aparean junto a los de Luz y Fuerza; el Gringo los vuelve a convocar, los une. La unidad ha sido su enamoramiento permanente, condición imprescindible para cualquier emprendimiento que tenga que ver con la liberación nacional, solía repetir y repetir. El represor no puede permitir este nuevo hecho generado por Tosco. Ordena la represión no bien el Gringo llega con el pueblo a la plaza. Miles de balas y gases se dispararon. Corridas, gritos, gente rodando, niños aterrorizados, zapatos y paraguas sin dueños, el espanto. Las babas del represor desataron la furia. Tosco, un verdadero hijo del pueblo, es llevado con suavidad por las férreas manos de sus hermanos de clase. No permiten que ni una sola bala lo roce, lo ensucie, lo contamine. Al Gringo nunca lo va a encontrar el represor. Lo burló siempre. Todos soliviantan el cajón, todos lo cubren, están llenos de levedad; al fin trasponen las puertas del cementerio, se escabullen en su interior, fuerzan las puertas de un panteón y lo depositan allí. Otra vez el Agustín se vuelve invisible a los ojos del represor. Otra vez la mágica voluntad de los hijos del pueblo. Se fue el Gringo, el respetado por todos. Nos quedaron sus enseñanzas a través de su lucha y la práctica concreta de su militancia. Otros rasgos además lo distinguían: la intransigencia en la defensa de sus principios, su tremenda fuerza moral y ética, su amor a la libertad; fue un rebelde obrero, duro, pero esa severidad nunca le hizo perder la ternura que le profesaba a todos los compañeros. Desde entonces, la figura del gringo Tosco se recorta lenta y obstinadamente, venciendo al silencio y al olvido, ensanchando día a día el campo de la memoria. Como si él condujera un tren memorioso, cargado con voces y palabras de hombres valerosos y dignos, y que en su último vagón portara aún el encendido farol rojo de los conspirados, que sigue titilando tercamente como un guiño cómplice, esta vez del Gringo Tosco. Juan Carlos Cena José Luis Ranconi. Me llegó (por gentileza de Ricardo Castro) este recuerdo en homenaje al Gringo Tosco, a quien tuve el gusto de conocer y con el que luchamos codo a codo en las calles de Córdoba. Miguel Angel de Boer / Comodoro Rivadavia, Chubut Me atrevo a enviarte un cuento que hizo un gran amigo Juan Carlos Cena,( el ferroviario), sobre un hecho real en la vida del Gringo. Sería bueno recordarlo aunque sea vos, yo y nuestros amigos. Un abrazo También en PASADO HISTORICO Agustín Tosco: A 35 años de su muerte Suplementos FeTERA Nuestro Grito De Guerra: Ni Copia Ni Calco, Creación Heroica Suplementos FeTERA “El Estado es mal administrador “cuando los gobiernos no dictan ni mantienen reglas de buena administración” Suplementos FeTERA Por un Bicentenario de los Pueblos Suplementos FeTERA 14 de Noviembre 1909 - 14 de Noviembre 1992, en Homenaje a la Violencia Revolucionaria Suplementos FeTERA Presentación del Libro de Osvaldo Bayer: A 40 Años del Cordobazo : La Calle tiene Memoria Suplementos FeTERA 4 de junio Aniversario de la muerte de Mosconi Suplementos FeTERA Homenaje al estudiante rosarino asesinado El día que Rucci y Tosco probaron que se puede pensar distinto y debatir en paz Interrupciones a la Vida Constitucional en la Argentina del Siglo XX |
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